Cada enero, la pequeña localidad suiza de Davos se convierte en el centro de gravedad del poder mundial. En 2026, sin embargo, algo había cambiado en el aire de la montaña: bajo el ritual de los discursos y las cenas, los dueños del orden global parecían ensayar, por primera vez, el gesto del miedo.
Durante casi medio siglo, el foro funcionó como el confesionario laico de las élites: un lugar donde la economía se confundía con la liturgia y donde el futuro se anunciaba como si fuera un decreto. Quien subía a la tarima no preguntaba; ordenaba.