Hay escenas que definen una época. En Davos 2026, la postal inolvidable no fue un panel sobre inteligencia artificial, ni un informe solemne sobre los límites planetarios, ni siquiera la enésima foto de líderes sonriendo con mandíbula tensa. No. La imagen que quedará para la historia es otra: rostros pálidos, sonrisas congeladas, miradas perdidas en el vacío mientras Donald Trump convertía el santuario globalista en un ring improvisado. El famoso “pánico de las élites” no es una metáfora. Fue un temblor real, casi físico, que recorrió los pasillos alfombrados del Foro Económico Mundial como si alguien hubiera apagado de golpe la calefacción suiza.
Un pánico con perfume a privilegio
Porque conviene decirlo sin rodeos: cuando la élite entra en pánico, no teme por el mundo; teme por su mundo. Ese ecosistema perfecto donde las reglas son previsibles, las alianzas estables, los mercados dóciles y los discursos pulidos. Ese universo donde la palabra “diálogo” significa “todos pensamos lo mismo, ¿verdad?”.
Pero en 2026, el guion se rompió. Y lo que emergió fue una élite que, por primera vez en mucho tiempo, se vio vulnerable. No ante una revolución social, ni ante un colapso climático, ni ante la desigualdad que ellos mismos diagnostican con tono grave mientras piden otro espresso. No. Se vieron vulnerables ante otro poderoso que no juega con sus reglas.
Trump como espejo deformante
Trump llegó a Davos como quien entra a una fiesta privada sin invitación… pero siendo dueño del edificio. Y lo disfrutó. Amenazó, bromeó, humilló, improvisó. Hizo lo que mejor sabe hacer: convertir el orden en espectáculo y el espectáculo en poder.
Las élites, acostumbradas a la cortesía estratégica, no sabían si reír, toser o fingir una llamada urgente. Algunos lo intentaron: risitas nerviosas, miradas de reojo, un par de aplausos tímidos. Pero cuando el presidente estadounidense volvió a mencionar Groenlandia, los aranceles y la deuda “moral” de Europa, el salón entero se convirtió en un museo de cera.
La élite descubre que el mundo ya no gira alrededor de Davos
Lo más irónico es que el pánico no lo provocó solo Trump. Trump fue el detonante, sí, pero la dinamita ya estaba colocada:
- Una economía en K que multiplica fortunas arriba y desesperación abajo.
- Una IA que promete productividad mientras amenaza con borrar millones de empleos.
- Una ciudadanía que ya no compra discursos de “liderazgo responsable” pronunciados desde un resort alpino.
- Un planeta que no entiende de paneles ni de promesas para 2050.
Davos 2026 fue, en esencia, una sesión de terapia colectiva donde los terapeutas también estaban en crisis.
La ironía final: el miedo a la irrelevancia
Porque lo que realmente aterra a quienes se reúnen en Davos no es Trump, ni China, ni la IA, ni el clima. Lo que les aterra es dejar de ser el centro del relato. Perder el monopolio de la interpretación del mundo. Que otros Estados más agresivos, plataformas tecnológicas, movimientos sociales, incluso ciudadanos comunes empiecen a escribir la historia sin pedir permiso.
Ese es el verdadero pánico: que el futuro ya no pase por Davos, sino por lugares donde ellos no tienen asiento reservado.
Conclusión: el temblor bajo la alfombra
Davos 2026 no será recordado por sus informes ni por sus paneles. Será recordado como el año en que la élite global descubrió que su poder ya no es incuestionable, que su narrativa ya no es hegemónica y que su seguridad emocional esa que se construye con discursos, cócteles y acuerdos discretos puede desmoronarse con una sola frase maliciosa desde un atril.
El pánico de las élites no es un accidente. Es un síntoma. Y como todo síntoma, anuncia algo más profundo: el mundo está cambiando… y esta vez no han sido ellos quienes lo han decidido.
Labán Jhotam
