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Con Luz Propia

Elogio de la silla vacía

octubre 16, 2026

 

Nos piden que votemos para cambiar un sistema cuyas llaves solo abren desde dentro. Quizá ha llegado el momento de dejar de llamar a la puerta y empezar a vaciar la sala.

Por Labán Jhotam 

La elección más importante de la historia, otra vez

España vuelve a votar el 29 de noviembre. El presidente del Gobierno nos ha explicado que nos jugamos frenar la ola ultraderechista. Desde la bancada contraria, un expresidente nos advierte de que peligran la Constitución, la unidad de España y la monarquía. Es reconfortante comprobar que, en algo, la clase política alcanza el consenso: cada convocatoria es el fin del mundo, y la única forma de evitarlo es votarles a ellos.

Es la liturgia de siempre. Cada cuatro años, o cada vez que un decreto se estrella, el ciudadano es convocado a un acto solemne que se le presenta como la cumbre de su soberanía. Recibe sus papeletas, hace cola, deposita el sobre y regresa a casa con la sensación del deber cumplido. Durante los cuatro años siguientes, su soberanía consistirá en mirar el telediario.

Hay quien sostiene que no participar en ese rito es una frivolidad. Este artículo sostiene lo contrario: que, en determinadas condiciones, la frivolidad es participar.

Usted no elige: ratifica

Conviene describir con precisión lo que ocurre dentro de la cabina. El votante español no elige a un representante. Elige una lista cerrada y bloqueada, confeccionada por la dirección de un partido, en la que no puede tachar, ordenar ni añadir un solo nombre. El diputado resultante no le debe el escaño a usted, sino a quien lo colocó en la lista. Por eso vota lo que le indican, por eso la disciplina de grupo funciona con precisión de reloj suizo y por eso usted no conoce el nombre de quien supuestamente le representa.

Del Congreso así formado sale el Gobierno. Y los partidos que controlan el Congreso y el Gobierno pactan después la composición de los órganos de gobierno de los jueces. Montesquieu, que tenía la mala costumbre de pensar en separaciones, contemplaría el resultado con cierta melancolía: tres poderes que nacen de la misma fuente no están separados, están emparentados.

En este sistema el ciudadano no designa a sus representantes. Elige entre los representantes que otros ya designaron por él.

Llamar a eso elegir es como llamar menú degustación a escoger entre dos platos que ha decidido el cocinero, servidos en la mesa que ha decidido el cocinero, y cobrados al precio que fijará el cocinero después de la cena.

El chantaje del mal menor

La maquinaria se sostiene sobre un mecanismo psicológico muy eficaz: el miedo. Nadie le pide que vote por convicción; le piden que vote para impedir que gane el otro. El voto útil es la expresión más refinada de esa lógica: votar no a quien uno prefiere, sino contra quien uno teme. Así, elección tras elección, el electorado no construye nada, solo se defiende. Y un pueblo que vota a la defensiva es un pueblo perfectamente gobernable.

Cada partido necesita al adversario como el torero necesita al toro. Sin la amenaza del contrario, el votante podría detenerse a examinar al propio, y eso resultaría catastrófico para todos.

La cerradura del artículo 168

Los defensores del voto tienen un argumento que consideran definitivo: si quieres cambiar el régimen del 78, gana dentro del régimen del 78. Para revisar la Constitución hace falta el procedimiento del artículo 168: dos tercios del Congreso y del Senado, disolución de las Cortes, nuevas Cámaras que ratifiquen y aprueben el texto por la misma mayoría reforzada y, por último, referéndum.

El argumento es impecable desde el punto de vista jurídico. Y precisamente por eso es demoledor, aunque no en el sentido que pretenden. Lo que describe no es un camino, es una cerradura. Una cerradura diseñada para que solo puedan abrirla quienes viven dentro de la casa y no tienen ningún interés en mudarse. Pedirle a quien critica el sistema que acumule dos tercios de las Cámaras en dos legislaturas consecutivas, bajo una ley electoral que premia a los grandes y a las bisagras territoriales, es como pedirle al preso que consiga la llave del carcelero mediante buena conducta.

La legalidad dice cómo se reforma un sistema. La legitimidad decide si ese sistema merece seguir existiendo.

Toda la tradición del pensamiento democrático distingue entre el poder constituido, que actúa conforme a las reglas, y el poder constituyente, que las crea. El primero vive en el Boletín Oficial del Estado. El segundo vive en la sociedad, y no necesita permiso del primero para retirarle su consentimiento.

Lo que una silla vacía puede decir

Aquí está el núcleo de la cuestión. Votar no es solo escoger un partido: es también avalar las reglas del juego. Cada papeleta, sea del color que sea, lleva un mensaje implícito que nadie lee, pero todos cobran: acepto este procedimiento como legítimo. Los gobiernos lo saben. Por eso, la noche electoral, antes que los escaños, celebran la participación.

La abstención consciente, la que se ejerce como decisión y no como pereza, rompe ese contrato tácito. No dice me da igual. Dice no os reconozco el derecho a hablar en mi nombre con estas reglas. Un Gobierno elegido con la mitad del censo en casa gobierna con la misma legalidad, pero con menos autoridad moral, menos capacidad de invocar al pueblo y más dificultad para presentar sus decisiones como voluntad general.

La historia ofrece ejemplos de que la legitimidad, y no solo los votos, sostiene los regímenes. Cuando la participación se desploma en consultas presentadas como trascendentales, el resultado es legal, pero queda tocado. Y un sistema político puede sobrevivir mucho tiempo a sus escándalos, pero difícilmente sobrevive al momento en que la mayoría deja de creer en él y lo dice en voz alta.

Respuesta a los objetores habituales

Si no votas, no te quejes. Es la frase favorita de los guardianes del rito, y tiene la lógica de un casino: si no apuestas, no puedes protestar por la ruleta. Al contrario: precisamente quien no ha avalado el procedimiento conserva intacta su autoridad para impugnarlo. Quien vota y luego protesta está reclamando por un contrato que acaba de firmar.

La abstención beneficia a los de siempre. Es posible. Pero los de siempre llevan cuarenta años ganando también con los votos de quienes querían echarlos. El voto de castigo se ha convertido en la alternancia del castigo: castigamos a uno con el otro, y el otro con el uno, como quien cambia de silla en el mismo comedor.

Entonces vota en blanco. El voto en blanco es la queja educada que se deposita en el buzón de sugerencias de la empresa contra la que se protesta. Se cuenta, sí, pero computa como participación y engorda la cifra que luego se exhibe como prueba de salud democrática.

Instrucciones para no quedarse en el sofá

Hay que decirlo con claridad, porque la caricatura es fácil: la abstención que aquí se defiende no es la del que se queda viendo la televisión. La apatía no es una postura política; es su ausencia. Una abstención con sentido exige más trabajo que votar, no menos:

  • Hacerla pública y razonada, para que no se confunda con la indiferencia.
  • Acompañarla de una propuesta concreta: elección directa y uninominal de representantes, separación real de poderes en origen, apertura de un proceso constituyente.
  • Organizarse fuera de los partidos: asociaciones, foros, publicaciones, debate ciudadano.
  • Medirla, explicarla y convertirla en dato político la noche electoral, en lugar de dejar que otros la interpreten como desinterés.

La silla vacía solo habla si alguien explica por qué está vacía.

Con la luz encendida

El 29 de noviembre habrá un ganador, y será legal. Formará Gobierno, invocará al pueblo y nos recordará que tiene un mandato. La pregunta que este artículo deja sobre la mesa es otra: cuántos de los que lo legitiman con su papeleta creen de verdad en el procedimiento que lo ha encumbrado.

No votar no derriba un régimen. Pero votar sin creer en él lo sostiene. Entre ambos gestos hay una diferencia que el poder conoce muy bien, y por eso dedica tantos esfuerzos a que la olvidemos.

A

Escrito por

Anubis RA

Anubis RA escribe sobre geopolítica, poder y conciencia. Sus ensayos buscan la luz detrás del titular: el sentido donde otros ponen ruido.

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