La IA como dispositivo de concentración de riqueza, control social y erosión de la soberanía democrática
Del capital-trabajo al capital-IA
Exponemos una tesis histórica clara: hemos pasado de la dualidad clásica capital trabajo a una nueva fórmula «capital + inteligencia artificial», donde la T de trabajo se ve sustituida por algoritmos y robots, empujando a las masas hacia el paro, la precariedad y el lumpenproletariado. La IA se integra en una larga secuencia de sistemas de producción: esclavista (amo-esclavo), feudal (señor-vasallo), capitalista (capital-trabajo) y, ahora, un sistema poscapitalista con capital e IA frente a trabajadores prescindibles.
Esta transición no es solo económica, sino política: al automatizar procesos, las corporaciones debilitan el poder negociador del trabajo y refuerzan una asimetría de poder en la que los Estados se vuelven dependientes de infraestructuras digitales privadas para las finanzas, la seguridad y la administración cotidiana. La IA, lejos de liberar tiempo y creatividad para la mayoría, se orienta a aumentar la capacidad de control, la extracción de renta y la vigilancia por parte de quienes concentran capital y datos.
Tecno feudalismo y concentración extrema de riqueza
Autores como Yanis Varoufakis, Wallerstein, Habermas, Jodi Dean y Joel Kotkin sirven como marco teórico para describir un «tecno feudalismo» en el que unas pocas plataformas digitales controlan la infraestructura, los datos y las reglas del juego económico y cultural. El capitalismo de la nube convierte a gigantes como Google, Microsoft, Amazon o Meta, y a grandes fondos como BlackRock y Vanguard, en los nuevos «señores feudales» que dominan las redes sociales, los sistemas operativos, los servicios en la nube y los modelos de IA.
Los datos de la Reserva Federal sobre Estados Unidos muestran que el 0,1% superior pasó de controlar alrededor del 8,6% de la riqueza en 1989 al 14,5% en 2025, mientras el 1% más rico aumenta su cuota del 22,8% al 31,9% y la clase media pierde participación. La crisis de 2008, la pandemia y las policrisis recientes funcionan como aceleradores: mientras la mayoría se empobrece, el «top del top del top» se enriquece aún más aprovechando la volatilidad y las políticas diseñadas a su medida.
En términos críticos, no se trata de desigualdad, sino de desposesión estructural: el sistema organiza un capitalismo por desposesión en el que, tras haber expandido el crédito y el consumo para crear clases medias, ahora retira esos soportes y profundiza la dependencia de masas endeudadas, precarizadas y vigiladas.
Estado, Unión Europea y cárceles digitales
Se vincula la agenda de regulación digital de la Unión Europea (euro digital, identidad digital, verificación de edad, «chat control») con la construcción lenta de una «cárcel digital» legitimada por excusas difíciles de rechazar: la protección de menores, la lucha contra la pornografía infantil, el combate al dinero negro, la seguridad frente al terrorismo. El problema no es solo cada medida aislada, sino la lógica estructural: cuando el Estado controla el dinero, controla la vida económica; cuando controla la identidad digital y el acceso, decide dónde se puede estar; cuando inspecciona las comunicaciones privadas, penetra en lo más íntimo.
Se describe un fenómeno de function creep: herramientas creadas para fines legítimos se extienden gradualmente a categorías políticas ambiguas como «odio» o «desinformación», dando margen a usos autoritarios incluso si hoy no se proclaman abiertamente. En paralelo, el rearme europeo, con 800.000 millones de euros que no computan como deuda ni déficit, mientras el gasto social sí lo hace, revela prioridades claras: no hay dinero para «mantequilla», pero sí para «cañones», consolidando un neoliberalismo autoritario bajo la retórica de seguridad frente a Rusia.
En síntesis, el Estado aparece atrapado en una doble contradicción: denuncia la concentración de poder privado como hace Guterres en la ONU, pero, en la práctica, refuerza infraestructuras y marcos legales que amplían el control digital sobre la ciudadanía, al tiempo que cede soberanía material a oligopolios tecnológicos.
IA, gobernanza y alternativas poscapitalistas
Se introducen debates avanzados sobre cómo usar la IA para construir alternativas poscapitalistas, citando a Morozov, Benanav, Erik Olin Wright y otros pensadores que buscan «utopías reales» y un «mundo sin trabajo» que no sea distópico. Benanav propone expropiar las infraestructuras tecnológicas y someter la IA a consejos democráticos de trabajadores y ciudadanos, con matrices de datos multicriterio que permitan orientar la producción hacia objetivos de sostenibilidad, calidad del trabajo, cohesión comunitaria y autonomía, más allá de la maximización de beneficios.
Morozov, en cambio, insiste en que la IA no es un electrodoméstico neutro: los algoritmos moldean valores, deseos y visiones del mundo, de modo que regular «desde fuera» es insuficiente si no se reinventa la propia lógica tecnológica, hoy centrada obsesivamente en la optimización. Su idea de «socialismo digital» critica los intentos del siglo XX de abolir el mercado sin construir mecanismos alternativos eficaces de coordinación, y propone usar la IA para crear nuevos mundos culturales y sociales, acelerando una fusión de tecnología, cultura y deseo que no reproduzca el barroco capitalista.
La crítica de Weatherby señala un punto ciego habitual: algunos marxistas hablan del capitalismo olvidando la tecnología; otros, de tecnología olvidando el capitalismo. Ese divorcio produce un bloqueo teórico que deja el terreno libre a las grandes plataformas. Pensado en conjunto, el artículo puede defender que la tarea urgente no es solo regular la IA o democratizar su propiedad, sino articular una síntesis entre la crítica del capital de datos, el diseño institucional democrático y el reconocimiento del carácter creativo, pero ambivalente, de la tecnología.
Miedo, tristeza y control social en la era de la IA
El tramo final introduce una dimensión filosófico-política muy potente: la gestión emocional del miedo, la culpa y la ansiedad como herramientas de dominación en el capitalismo tardío tecnofeudal. A partir de Spinoza y Deleuze, se plantea que el poder necesita cuerpos tristes, porque la tristeza, miedo, desesperanza, culpa disminuye la capacidad de actuar y pensar, fomenta la dependencia de figuras de autoridad y fragmenta los vínculos comunitarios.
La pandemia se interpreta como «plandemia»: más allá de las controversias biológicas, habría funcionado como un dispositivo de excepción permanente, distancia social forzada y privatización del sufrimiento, que desactivó protestas globales Hong Kong, chalecos amarillos, Chile, Colombia justo antes de 2020. El resultado fue un enfriamiento social que preparó el terreno para el neoliberalismo autoritario apoyado en IA, vigilancia y discursos securitarios, desplazando el foco de los problemas estructurales, precariedad, vivienda, sanidad, hacia soluciones individualizadas como fármacos, autoayuda y adaptación psicológica.
En este marco, la alegría se reivindica como acto político: no un optimismo superficial, sino un incremento de la potencia de vida, la creatividad y la cooperación, condición para imaginar alternativas y romper la pasividad que hace posible la consolidación de cárceles digitales. Frente al triángulo miedo-culpa-ansiedad, el artículo puede defender una política del goce y de la esperanza colectiva que recupere la calle, la deliberación y la organización como espacios irrenunciables frente al tecno feudalismo.
IA, democracia y el futuro por inventar
El ejemplo del fondo soberano de Kazajistán, que incorpora una IA con derecho a voto en su junta directiva, muestra hasta qué punto la automatización alcanza ya el corazón de la toma de decisiones económicas, no solo las tareas de bajo nivel. Esto obliga a preguntarse quién programa a quienes deciden sobre inversión, trabajo, guerras y políticas públicas, y bajo qué criterios se legitima su autoridad.
Un artículo crítico y profundo puede concluir que la inteligencia artificial cristaliza tres batallas simultáneas: por la soberanía (¿Estados o corporaciones?), por la democracia (¿consejos ciudadanos o burócratas y tecno bros?) y por la propia definición de humanidad (¿trabajadores y ciudadanos o «usuarios» precarizados y vigilados?). En lugar de aceptar la IA como un destino inevitable, la perspectiva invita a verla como un campo de lucha política: o se convierte en herramienta del tecnofeudalismo, o se reorienta mediante control democrático, imaginación utópica y alegría colectiva hacia la expansión de la vida y la igualdad material.
Asociación Albacete Libre
Labán Jhotam